“¡Ya está! ¡Helo aquí engendrado! ¡El infierno y la noche deben sacar esta monstruosa concepción a la luz del mundo!”Yago (hablándole al cielo)
He estado pensando casi por media hora la manera de matar a mi hermana, ella no sabe los planes que tengo para con su destino, pero así lo he decidido: la mataré, tarde o temprano, sólo tengo que encontrar la manera menos escandalosa, pero eso sí, la más espectacular…
En ocasiones me pongo a hablar con ella de cualquier cosa que le haya ocurrido y me parece tan aburrido, tan deprimente, que a veces creo que su existencia está desperdiciada; yo hubiera preferido, con esa vida que mi diosito le dio, devolverle la vida a la rata que mató Jesucristo en Caparnaúm; esa rata sí que sabía vivir: asustaba a todas las mujeres con las que se encontraba a su paso, a muchos hombres también, se tragaba hasta el contenido de los pañales para bebe y ni le importaba lo que la gente dijera o pensara de ella. Tenían que ver a esa rata; ella si hubiera sido una buena hermana, habríamos hecho muchas cosas fantásticas (…); algo que siempre quise hacer con una rata: estar abajo, en las alcantarillas, en la noche de los viernes, al asecho de cualquier queso o alimento podrido, o cualquier mujerzuela que se espantara con mi presencia… en fin, prefiero vivir con una rata que con mi hermana, por eso he decidido acabar con sus días.
Con su muerte no me beneficiaría sólo yo, creo que al tiempo le haría un favor a su novio, pues a veces la he escuchado hablar con él en el cuarto, y parece como si también la quisiera matar porque la encierra y después sólo escucho gritos. Una vez entré a su cuarto para ver cómo le pegaban y así disfrutar de lo lindo viendo a mi hermana chillando como una magdalena y sufriendo, como cuando mamá la cogía a punta de cachetadas en la casa de Asterión Monsalve, -ah! que casa esa, a veces creo que no sentiría antropogula en damasía si no fuera porque ya no vivo allá- y cuando abrí la puerta el novio la estaba espichando y parecía que la quería ahogar por que le tapaba la boca y la nariz con esa jetotota que se manda, y para que no se le escapara el aire por ningún lado le ponía el dedo en el hoyo de los orines. Esa táctica me pareció muy agresiva, pero no me creí capas de aplicarla porque me produce mucho asco ver a mi hermana sudando y mucho más tener que tocar su cuerpo ¡Wacala! Así que seguí buscando maneras de hacerlo.
En otra ocasión hablaba con un amigo de la escuela, que decía que era satánico y que mataba gatos y animales recién nacidos, le pregunté por el método que seguía, me dijo que sólo tenía que golpearlos en el cuello bien duro con el machete del papá y que con eso bastaba para que dejaran de aullar, pues se les caía la cabeza ¡de una!; también me dijo que un día quiso, con ese método, matar a un conejo ya viejo, pero que las cosas no habían salido muy bien porque no se le había caído la cabeza del todo, sino que había quedado pegada al cuerpo por el huesito que tiene el cuello, que en el golpe no pudo ser trozado por completo, y por la piel que no había podido cortar del machetazo. Me dijo como feliz -o no sé bien, pero se escuchaba su voz un poco extraña, como excitada por contar la historia-, que el conejo había chillado muy feo –“como un marrano cuando lo van a matar para hacer la comida de navidad” dijo, teniendo la cabeza como la tenía, y que había durado así como diez segundos. -¡Estupendo! me dije en voz baja pero clara, y lo dije tan claro que mi amigo me alcanzó a escuchar; me preguntó porque me alegraba, así que le conté lo que estaba planeando y también se sorprendió y dijo “¡Estupendo!”. Él necesitaba matar a una mujer para convertirse en aliado del diablo, eso me dijo que había visto en una película de esas que ve el hermano sobre el diablo; y por mi lado había quedado fascinado con el método que él aplicaba a los gatos y creí que ese era el adecuado para mi propósito, y más aún si resultaba tan afortunado como el caso del conejo viejo, a demás yo no tengo machete ni mi papá, porque tampoco tengo papá y él me lo podía facilitar si lo dejaba acompañarme -“pero como Rodrigo a Yago” le dije muy serio -guarda el machete en tu bolsa- no entendió mi última expresión a causa de su ignorancia y accedió a ir bajo tal condición. Nos dispusimos ese día, a ir tras mi hermana, que siempre está sola en la casa por la tarde, bueno, con migo, pero es lo mismo, yo no voy a revelar a nadie mis planes. Sólo a ustedes mis pequeños pupilos:
Fuimos primero a la casa de mi amigo a recoger el machete de don Eusebio y luego, después de buscarlo y encontrarlo en el lote donde tenían un rancho de gallinas y patos, salimos a la calle, camino a mi casa -guarda en tu bolsa el machete-.
Aunque sólo teníamos un machete ya sabíamos cómo utilizarlo, mi amigo era experto, sólo me asaltaba una preocupación y era la manera de entrar a casa con mi amigo y el machete sin que mi hermana se diera cuenta… ... Faltando tres cuadras para llegar a la casa le dije a mi amigo que me esperara, que no caminara tan rápido porque me iba adelantar para que mi hermana no me viera acompañado, ni con armas, y así ser yo el encargado de recibirlos. Sabía que mientras yo estuviera en la casa, sería el delegado a abrir la puerta y contestar el teléfono, así que mi preocupación se había diluido. Pensando esto llegué a casa, timbré y mi hermana abrió la puerta, la saludé, pero ella tenía prisa por regresar a la alcoba -estaba viendo una novela de esas que dan en los canales colombianos pero que son con gente mexicana- de tal modo que abrió y salió, sin saludarme siquiera, corriendo para el cuarto como si supiera lo que quería hacerle, pero yo no hice nada, ni me inmuté, entré, cerré la puerta y me dispuse a esperar. Esperé y luego, timbraron, mi hermana gritó como siempre “¡Abraaaaa!” y ¿Cómo no hacerlo esta vez? era mi amigo con mi amigo machete.
"Le abrí, lo hice seguir y lo entré, sin hacer ruido ni nada a mi cuarto, cuando cerré la puerta la misma voz que me pidió abrir me preguntó: “¿Quién eraaaa?”, no respondí, no dije ni mú, ni esta boca es mía ni nada. Me encerré en el cuarto con mi amigo. Empezamos a imaginar y poner en palabras la forma en que íbamos a proceder. Él, por ser el experto, quedó encargado de dar el golpe, y yo de sujetar a mi hermana, que aunque mayor que yo en edad, menor en estatura y fuerza… -Razón por la que, creo, siempre me causaba mucha rabia, pero mucha, el no poder descargar un golpe contra su cara por encontrarme en presencia de mi madre!-.
Despues de vislumbrar el plan más sofisticado y el de mayor puntaje en toda la educativa historia de los Asesinatos Calficicados, mi amigo empezó a hablar de que quería disfrazarse, para asustar más y todo eso, para creerse el cuento de que era un demonio; a mí me pareció hasta simpática la idea, hacía de un crimen una obra de arte, no iba a ser tan estricto ni tan serio mi plan, nuestra obra merecía un desenvolvimiento menos convencional. Accedí. Él se puso una máscara que encontró en mi baúl de halloween, ésta era la imitación de la cara de Fredy C. con espuma en la boca, en ese momento creí que sería mejor una de un monstruo o algo así pero no había más, ni modo. Yo me fui normal no quería ser el poseído esa tarde. Salimos del cuarto y mi hermana, aparentemente, estaba viendo televisión, -“¡Gracias al cielo! Está dormida", le dije a mi amigo, y sin hacer ruido, sin que se notara nuestra presencia entramos al cuarto de mi mamá donde estaba mi hermana durmiendo como una pata hinchada. Le quité la "cobijita del arrunchis", con la que mi mamá y ella se arropan cuando ven novelas, la cogí de las piernas e intenté hacer que la cabeza resbalara un poco y le quedara apoyada en el colchón y no en la almohada para que mi amigo pudiera actuar. Aunque hice esto con mucha calma y precisión y silencio y cautela, no pude evitar que en el momento en que mi amigo quería lanzar el golpe, ella se despertara y lo viera de esa manera. Obviamente se asustó por verlo con esa máscara y con el machete y gritó muy feo, no me gustó esa manera de asustarse -nada me gustaba en mi hermana y menos esa manera de asustarse, ahora lo sabía-, así que en cuestión de milésimas de segundo y después de darme cuenta que mi amigo no podía hacer nada para controlarla, me arrojé contra ella y le apunté un recto fallido que no llegó, sino a su pecho. Por tal acción se sintió amenazada, no le importó que yo fuera su hermano, ni me pidió una explicación y ni siquiera me dio tiempo para pedirle disculpas por lo ocurrido, sino que al acto, intentó bajarse de la cama empujándome contra el armario, yo entendí -así sea malo para la física-, que si le jalaba el pelo y la golpeaba fuerte con mi mano en la cara, ella iba a caer sobre el tapete. No lo pensé dos veces, sólo una, y después actué, le jalé el pelo muy fuerte, como si quisiera que se devolviera a la cama, y cuando su cabeza estaba boca arriba, mientras su cuerpo se inclinaba hacia atrás, le golpeé la cara con mi puño firme y cerrado, y efectivamente cayó al suelo… Aunque siempre lleva tiempo contar ese hecho, realmente ocurrió muy rápido, no pasaron más de cinco segundos desde el momento en que mi hermana había despertado y el momento en que la había controlado golpeándole el rostro.
Ya estaba todo como lo planeado dictaba, mi hermana sin ninguna objeción física a nuestra idea y mi amigo con el machete en la mano dispuesto a encestar el golpe final. No obstante y aunque nadie quiera creer en mi manera de amar, me preocupó el cuerpo y su carácter estético, así que cogiéndola de la nariz procuré que su cabeza quedara bien hacia arriba, mostrando más su cuello, para que así, uno nunca sabe, el machetazo no le pegara en la quijada y le aruinara el rostro. Le dije a mi amigo en idioma extranjero que ya era hora -¡Caput!- actuó como quería hacerlo, con fuerza y decisión; era más la decisión que la fuerza, pero actuó y de qué forma. -¡¿Lo hicimos?¡- le pregunté animadísimo después del golpe, como para no dejar duda alguna de la complicidad de tan magno crimen, pero la respuesta fue: ¡Lo encontré, estaba en el rancho de las gallinas, lo tengo!, no entendí esa respuesta, estaba esperando el “¡sí hermano, lo hicimos, hemos dado cumplimiento a nuestra idea con gran éxito!”, pero no, ¡la respuesta fue otra! Queriendo entenderla me agarré la cabeza, cerré los ojos para plasmarla en imágines: “¡Lo encontré, estaba en el rancho de las gallinas, lo tengo!..” y al abrirlos, mi amigo tenía el machete y estaba frente a mí: ¡nos encontrábamos aún en su casa, en su lote, no habíamos salido jamás! -¡Azaroso devenir!- Me sorprendió tal engaño de la consciencia, pero creí que era una visión del futuro, pues me había revelado el desenlace de mi fastuosa maquinación, actué como siguiendo un guión, me alegré por el rápido hallazgo del machete y nos dispusimos a partir. Cuando salíamos, doña Eumenestra, la mamá de mi amigo, nos vio y no le dejó salir a la calle con el machete ¡y ni siquiera sin él!, ¡Estaba castigado! La revelación del futuro no había sido tal. ¡Vana ilusión degenerada, hermana gemela de la realidad!
Ese día había quedado desilusionado, es decir, con el recuerdo de la ilusión como ilusión, pues ya había tomado la decisión y tenía el plan perfecto, pero no se pudo llevar a cabo por el trato infantil que le dieron a mi amigo el satanista.
Luego me toco venirme para la casa, sin machete y con la intensión de olvidar esa expresión infame del organismo humano-materno. Cuando llegué timbré y mi hermana abrió la puerta, la saludé, pero ella tenía prisa por regresar a la alcoba -estaba viendo una novela de esas que dan en los canales colombianos pero que son con gente mexicana- de tal modo que abrió y salió, sin saludarme siquiera, corriendo para el cuarto como si supiera lo que quería hacerle, pero yo no hice nada, ni me inmuté, entré, cerré la puerta y me vine para el cuarto. Ahora estoy acá, escuchando a Beethoven y llevo ya más de media hora pensando en como matar a mi hermana. ¡Guarda en tu bolsa el machete!