domingo, 24 de febrero de 2013

El entresijo de la culebra

La esencia del Ser es el número
Ave hermano Perro


Gracias a los números
y a su correspondiente abstracción
puede el cerebro humano deducir
fisiológicamente lógicamente
la basta complejidad natural

las partículas más insignificantes
y ultra-diminutas son
ya de por sí universos enteros

todas las formas llegan al final
todo acaba
en la constante sucesión corpórea
todo regresa todo se mezcla
y surge nuevo de la raíz primordial

el hombre solo es hombre para el hombre
respecto al cosmos remoto fluido estelar
imprescindible pero inútil
naturaleza compleja

respecto al cosmos puro y fino
fluido estelar ultradiminuta pieza
del complejo engranaje universal

cuantos y tantos
universo existen
ahora entre mis uñas

dónde el advenimiento
del gran imperativo cósmico
cuando el reconocimiento
del imperativo elemental

ninguna estrella no estalla

evidente y supremo
todas las formas tienen su final
pero solo las formas
pues la energía vital
que nos unifica
corre con el mismo afán
por las venas animales
vegetales y por los extensos
corredores espaciales

(-cierre la jeta) por el éter ¿En verdad así es Deméter?

el hombre solo es hombre para el hombre
y no exclusivamente
hombres somos seremos o hemos sido

Lo bajo la lluvia escrito

Para Fe-fi
                                                                               Hay cosas del corazón que la razón no entiende


Si bajo la lluvia escribo
mi corazón algo tiene
para dar al intelecto
no importa que sean patadas

Me conmueve ligeramente
sencillamente la capacidad
de racionar emociones
pasiones fijaciones

Que asaltan la mente
clamando ser escuchadas
Ellas las aves negras
que siempre se posan

Y no sufro cuando pretendo
escribir lo que pienso
pues no pienso
siento

Y sí bajo la lluvia escribo

II

El sonido de las delgadas gotas que
sobre el barro del tejado caen
humedecen de a poco
hasta inundar
el indeseable y preconcebido y sensiblero
corazón que poseo que parece de hembra
de animal racional enfermo

y suena música en mi cabeza

El indeseable corazón que poseo
que parece de hembra
cuando el sonido de las delgadas gotas que
sobre el barro del tejado caen
con agitados ritmos topa se embriaga
se enloquece

Se transforma este corazón de hembra
en prostituto acosador de mentes
seduce la mía escupe su mero
gargajo en los cesos
me humilla por ser humano
me avergüenza el maldito
músculo que poseo

Y no sé si lo que suena en
mi cabeza es música

Pero al final la palabra sede
porque así es el amor

III

Veo hombres y veo hombres
peludos y con senos y con vagina
veo hombres y veo mujeres
que lleva que trae
que arrastra este mísero río
como alguna vez el vikingo
perdido abatido
por el azar yo río

Cuando veo a los hombres
que arrastra este mísero río de carne
multiplicación repeticion sobre-población
Plaga plaga nada más
nada más distingo

IV

Un poeta que ama la belleza
y que aún tan solo
con una simple palabra expresa
la incontenible grandeza
del universo no soy
ni aspiro a serlo

Más el impulso está en mí
el sentimiento
de la lluvia que cesa
y el re-conocimiento
de aquello que procesa
lo que siendo naturaleza
siento

Traduce de qué forma no sé
la tendencia irracional
Indiscutible teatralidad
por un momento creo que
el reconocimiento es posible
por un momento
escribo y siento

Sin importarme

un pepino común relleno
que el corazón y el cerebro
hablen en diferentes idiomas

V

Si la felicidad se midiera
por la
sorpresa con la
que el corazón siente
los espacios qué armonía
qué natural ay qué novedosa sería

ja ju ji ja  ja ja ju ji

la felicidad qué corta fue
estás bien estoy bien

Si la felicidad se midiera
por la
sorpresa con la
que el cerebro representa
los espacios qué complejo qué confuso
qué tan inútil preguntar eterno

estúpido e infundado misterio

la felicidad
de la idea sería finita
y solo hasta llegar
a los bordes del universo
comprenderían las neuronas
qué indescifrable es
el movimiento
o quién sería pionero de
tan intrincado proyecto
ja ju ji ja  ja ja ju ji

la felicidad que corta fue
Estoy bien?
VI

Esos sonidos
lenguajes vastos
caros obsequios
inagotables para el todo
tributos al vacío

Pieza fondo del
involuntario concierto del
bosque del
mar del
planeta es son

Y las aves y el agua
y el viento
soplando fuerte en el follaje
y esta hormiga
en artificial mutismo

retumbando los sentidos
con su actuar con su forma
con su inevitable
destino

Que no empieza
que acaba
cuando mi corazón
tu pecho
se desinfle como algún día
el de la hormiga
que corre por su vida
y por la mía

Entonces en
ese ruidoso instante
capullo
el silencio brotará
de la inmovilidad

viernes, 8 de julio de 2011

Las ratas perdidas en la casa de Elidón Trinidad

Hecho para entretener a Estefanía en sus tiempos de ocio:
En tu casa han entrado ratas, siempre veo una frente al espejo que tienes al fondo del corredor…
LAS RATAS PERDIDAS EN LA CASA DE ELIDÓN TRINIDAD

"Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas sino fuera digna vuestra paz será devorada por el horror y se volverá a vosotros"
                                                                                           (Mateo 10:13)

“Si alguien peca haciendo algo que está en contra de los mandamientos del señor, aunque no se dé cuenta, será culpable y deberá cargar con la culpa”
     (Levítico 5:17)

Aunque esta historia sea algo difícil de asimilar y de creer, el remitente no tendrá que hacerlo, bastará para la comprensión de los hechos crearse imágenes mentales de las frases encontradas en el presente escrito; asimismo podrá, luego, sorprenderse, y por qué no, maravillarse de los bestiales acontecimientos que tuvieron lugar en la casa de Elidón Trinidad.
Es mi obligación, o así lo he estimado, que antes de empezar o de seguir transcribiendo confiese que jamás habría creído nada de lo sucedido si no hubiera sido yo un testigo ocular: lo confieso. En vuestras manos, estimado abogado o intercesor, queda la prudente evaluación de la narración y sus partes, así y con todo sé que lo que me dispensaré comunicar ¡nunca!, en ninguna oración, sobrepasará los límites de lo posible. Ni en lo más mínimo.
La casa
La casa de Elidón Trinidad tenía en el segundo piso, en la parte de atrás, un pequeño balcón al que se podía acceder únicamente por la cocina y desde éste observar, a demás de la biblioteca distrital Julio Mario Santo Domingo, una inmensa planicie con la cual limitaba, posteriormente destinada a la construcción de edificios. En este terreno y debido al abandono en que se encontraba -ya que los desconocidos propietarios lo alquilaban para que en él depositaran, dejándolas a la intemperie, las partes averiadas de los grandes buses y camiones de la capital-, el césped o pasto junto con las plantas parásitas o maleza que parecen imposibles de erradicar con un simple azadón, tenían la planicie parcialmente invadida: se habían apoderado de ésta y de las viejas piezas automotoras.
La considerable altura de la maleza y la escasa presencia humana fueron las dos características que más influyeron para que en ese terreno las ratas, que habitaban en los desagües caseros y alcantarillas comunales aledañas, se instalaran y formaran sus numerosas y nauseabundas madrigueras en las que, como lo podían evidenciar los transeúntes vecinos: las roedoras más robustas y corpulentas, las del pelaje más frondoso, las de la cola más calva y larga se perfilaban como Madres Reina o progenitoras de las demás. ¡Nada como verlas amamantando, verlas expulsando con incontenible fuerza esa espesa leche amarillenta de sus pezones hasta el punto de empapar el hocico, gracias al desenfreno, de las pequeñas lactantes, para sentir la misma repugnancia que los demás vecinos y yo sentimos!
No es ningún secreto el hecho de que las miomorfas, teniendo las mínimas condiciones de subsistencia se pueden reproducir por cientos en poco menos de un bimestre. No podría describirles, sin sentir a la vez una intensa repugnancia, los cambios que se pueden generar en la reproducción y propagación de las roedoras si habitaran en un lugar aún más cómodo que la dejada planicie.
Interiormente la casa de Elidón constaba de tres pisos de los que únicamente del último se podía decir que permanecía medianamente aseado, pues en los niveles inferiores, excepto la cocina en el segundo, la inmundicia y la emanación de asquerosos olores eran insoportables a la vez que bochornoso encontrarse allí en calidad de visita.
La cocina
Era extraño ver que a diferencia del resto de la casa la cocina se encontraba siempre en una sospechosa, y por lo mismo “aparente”, limpieza femenina. Era sospechosa tal limpieza porque de ella se podía deducir que la concepción de aseo que tenía Elidón Trinidad en su cabeza podía variar; es decir, que también podía mantener un espacio de su casa en las condiciones adecuadas para interactuar libremente (lo que me hizo pensar en que tal vez padecía alguna enfermedad intelectual), aspecto favorable para el visitante y suspicaz también, porque el simple hecho de entrar en ella consistía ya, en una indecorosa y personalísima curiosidad. Claro está, si omitimos el comentario sobre lo desagradable que era permanecer en las habitaciones y la imposibilidad de pedir algún baño prestado que se fundamentaba en el fétido hedor que despedían los retretes y que infestaban hasta el más abstruso rincón de la casa. Me atrevo a decir que omitiendo lo explicitado, desde la cocina se podía distinguir el lado grotesco, enfermizo y, a mi parecer, siniestro y vulgar del hermano Elidón Trinidad, ¿por qué?, desde allí se veía el segundo piso en su “máximo esplendor”: el núcleo del desorden. Se veía a través de la puerta entreabierta las baldosas que cubrían los pisos y los muros del baño completamente opacas y curtidas por un moho verdoso en los mejores casos y, amarillento o negro en los peores, sin olvidar el repugnante olor del que ya hablamos y que encontraba en este piso el punto de mayor concentración; también se veía la sala cuyos muebles alojaban más de mil bebidas derramadas, sumado a esto el sudor que en ellos dejaban la espalda y el trasero de Elidón formando manchas de gelatinosa humedad que se creaban mientras él, desnudo, se sentaba allí todas las mañanas a leer las cartas antaño escritas por su difunta madre.
En fin, ese entorno erizaba los bellos de brazos y piernas y más cuando se contrastaban con la impecable cocinilla; fue recónditamente extraño el sentimiento que invadió el interior de mi cuerpo cuando hice esa simple comparación, era difícil de asimilar el porqué el hermano Elidón Trinidad no mantenía el resto de la casa como la cocina, o viceversa: la respuesta fue “Así la dejó mi mamá y así permanecerá hasta el día de mi muerte”. ¡Claro que tenía sentido! y era convincente, ya que su madre sentía una innata inclinación por la preparación de alimentos, en especial los platillos que con tanto apremio saciaban a Elidón. ¡Esa era la verdadera justificación! Lo que carecía de sentido era el cómo había logrado mantenerla en ese estado, si él era tan sucio, tan perezoso, ¡tan incorregible!, si él, que no hacía nada por mejorar su aspecto personal, se sentía emocionalmente satisfecho en su putrefacto hogar y nunca daba muestras de querer cambiarlo, ¿cómo?, ¿cómo había logrado mantener la cocina en ese estado?
El eterno retorno de Elidón Trinidad
Todos los amaneceres de la semana eran interrumpidos por Trinidad, éste se despertaba siempre a la misma hora. A eso de las tres y media de la madrugada reaccionaba después de unas cuatro horas de profundo aletargamiento, haciendo ademanes y visajes de incomodidad, como los que inconscientemente hacemos todos cuando despertamos.
Salía de su cama directo al baño, aplastando a su paso todas las cosas que se encontraban en el piso, entre tantas había uno que otro insecto de la familia carroñera. Asombrosamente nunca se chuzaba los pies con nada, en parte gracias a que dormía con ropa, esto incluía zapatos, y chaqueta cuando la usaba. Se dirigía siempre al baño en la madrugada, pero a esa hora sólo pretendía orinar y hacer popó. Después de permanecer aproximadamente unos treinta y cinco minutos en el retrete, del primer piso que era donde dormía, ascendía vertiginosamente al tercero, como cuando de repente uno recuerda que tenía la leche puesta en la estufa y cree que puede llegar antes de que se derrame, subía como si recordara algo importantísimo, se podía decir que eso que recordaba era lo que lo hacía salir de su asqueroso baño.
En el tercer piso el desaseo no era tan evidente, o no lo había para ser más justos con Elidón Trinidad, lo que se encontraba en la superficie de los muebles era polvo y no moho y eso es decir mucho si lo confrontamos con los primeros pisos. En este nivel había para mi sorpresa una cuna y en ella diversos juguetes de hule para los niños que en su desarrollo se encuentran en la etapa oral. Después de exhalar un extenso suspiro, regresaba a su cama, pero no con la intensión de dormir, sino más bien como de ver amanecer, a través de la ventana inmensa que quedaba frente a su cama, en la parte superior de la pared.
Después de muchos minutos de sosegada reflexión, que de vez en vez se convertía en lapsos de sueño, el hermano Elidon acostumbraba a comer lo que encontraba… pocas veces a la semana cocinaba, pero lo hacía, ¡Sí!, utilizaba la cocina que tanto protegía del desorden. Luego, después de comer, y para ahorrar tiempo y movimientos, botaba los restos de comida por el balcón hacia la planicie. En ocasiones, cuando descuidaba por algún tiempo la cocina y los alimentos se podrían en la nevera: peces, carne, frutas, (el pez podrido huele a infierno), la mejor forma de deshacerse de los desechos, era arrojarlos por el balcón hacia la planicie, hacia el hogar de las fétidas roedoras… Esa era la forma como el sucio Elidón había logrado mantener limpia su cocina. Ahora lo sé...
El hermano Elidón Trinidad y yo
Al hermano Elidón Trinidad lo conocí en la Biblioteca, mientras leía el Levítico del Antiguo Testamento. Pensé que al igual que yo sentiría una espiritual predilección por la religiosidad ya que no es común encontrar a alguien leyendo La Biblia en una biblioteca, y menos en una distrital -los devotos lo hacemos en privado-. Le pregunté por sus inclinaciones religiosas y me dijo que era ateo. Había errado en mi primera deducción.
No quise profundizar en ello, así que me senté a su lado simplemente a ver las obras completas de Van Gogh. Me impresionó el hecho de que recién abierto el libro, el hermano Elidón obstaculizara el silencio, que reinaba como un tirano en el lugar, para decirme que “minutos antes había estado ojeando el mismo texto”. Sonreí en señal de agrado y seguí leyendo.
Al salir ya en la noche me despedí de Elidón, sin saber aún su nombre y me fui al jardín, a descansar la vista y a fumar un Lucky Strike, no sin antes dar una vuelta por el perímetro. Cuando llegué a mi esfera habitual ¡Elidón Trinidad estaba allí!, sentado, esperándome. Llegué y se presentó, también yo me presenté, me dijo que estaba apenado por no decirme su nombre en la biblioteca pero que sentía que no era necesario pues, supuestamente, ya me conocía –A nuestro alrededor soledad, oscuridad y silencio-. Después dijo adiós y se fue con mi tranquilidad.
Días después, en la mañana, nos volvimos a encontrar en el mismo lugar, nos saludamos afectivamente como si realmente nos conociéramos hace mucho y después nos dispusimos a leer. Él seguía leyendo el Levítico y yo, ahora, Las cartas de Van Gogh. Leímos ininterrumpidamente por horas hasta que Trinidad se aburrió. No le pregunté por su vida ni por su edad, ni siquiera por la música que escuchaba y sin embargo después de cerrar La Santa Biblia me invitó a su hogar, “queda cerca”-dijo, con la intensión de que lo acompañara a recibir a su mujer que lo esperaba puntualmente en su casa como todos los primeros sábados de cada mes. A diferencia de la primera vez que hablamos me inspiró confianza, y lo seguí. Me dirigía a la casa de Elidón Trinidad.
Al llegar –realmente quedaba cerca- nos encontramos con una bella mujer, tenía una niña en los brazos que posteriormente le entregó. Solo un hola intercambiaron y un adiós, nada más.
Vi de qué manera tan irregular entraba Elidón a su casa, pues lo hacía por una escalera de madera que daba directamente a una pequeña puerta del tercer piso. Entró con la niña y luego bajó solo y solo a abrirme la puerta principal. Me dijo que siguiera, como pudiera, hasta el segundo piso y que lo esperara allí, mientras él, en el tercero, dejaba dormida a la hermosa bebé. Conocí su casa que me sorprendió hasta el límite, como ya saben, conocí su sala, vi su baño, su cocina y su balcón y me sentía incómodo con el hedor que sobrecogía el lugar. Hablamos un rato adentro: me dijo el motivo por el que tenía una entrada directa desde la calle al tercer piso; quién era la niña que había recibido; porque su mujer no entraba; quién era su padre, su madre y hasta los platillos que le preparaba cuando estaba viva, entre otras cosas, hasta que no aguanté más y salí. Salió también él y me despidió.
Devolviéndome para la biblioteca, cruzando apenas por la esquina de su casa, alcancé a ver su balcón desde una perspectiva exterior, separada de la cocina que se veía desde el interior rodeada de chiquero; me inspiró desconfianza el verlo tan insuficientemente elevado de la llanura porque en ese momento vi, entre muchas que amamantaban y otras que se alimentaban de basura y de la comida que Elidón tiraba, a una rata sobre el capot de un viejo camión y pensé en que probablemente podría subir hasta el techo del mismo y desde ahí saltar hacia el balcón. ¡Era lógica y físicamente posible!
Las ratas perdidas en la casa de Elidón Trinidad
Tuvo que pasar más de una semana para que me lo volviera a encontrar, esta vez, la última en que lo vi, se dirigía hacia la avenida 170 que daba a la gran autopista del norte, por la que se salía y se entraba, respectivamente, a la ciudad de Bogotá. Solamente lo vi cruzar porque parecía afanado y no se inmutó con mi presencia aunque me vio sentado en el parque. Al parecer esquivó la mirada cuando se encontró repentinamente con la mía, lo noté en ese imperceptible instante a través de sus ojos preocupado, pálido y también frenético: con razón no me saludó. Pensé.
Casi una hora después vi a su mujer, la reconocí por su peinado al estilo sesentero. Al pasar frente a mí, al igual que su esposo o ex esposo, esquivó la mirada cuando se encontró con la mía, pero a diferencia del primero, no se veía preocupada ni pálida ni mucho menos delirante; sólo que creyó –eso creí- reconocerme de algún recóndito y raro lugar y no quiso que yo tuviera el tiempo suficiente para reconocerla -y creo, también, que esperaba a que yo la siguiera-. Pensé que no sabía bien de dónde me conocía y la vi alejarse con dirección a la casa de Elidón Trinidad.
Después recordé que el hermano Elidón Trinidad había salido de su casa y cogido un autobús y que por lo tanto su mujer, o su ex mujer, no lo iba a encontrar. Esperé a que regresara, pensé en que probablemente cuando volviera a pasar frente a mí podría saludarla y comunicarle lo que sabía de su esposo. Pero no pasó de nuevo, esperé media hora y su advenimiento no fue tal.
Tomé la decisión de pasar por la casa de Elidón para encontrarla en la puerta esperando a que le abriera; cuando llegué la vi saliendo del tercer piso y bajando por las escaleras de madera que daban directamente a la calle. Me impresioné sobre manera porque cuando salió parecía una desesperada e inmediatamente me recordó la expresión frenética de Elidón cuando pasó frente a mí sin saludarme.
Como les digo, bajó las escaleras de madera que daban directamente a la calle y mientras lo hacía gritaba y lloraba terriblemente. Me precipité hacia ella pero la curiosidad fue más grande que la compasión, instintivamente subí por las escaleras al tercer piso donde unas semanas antes Elidón Trinidad había dejado durmiendo a su pequeña hija. Cuando entré ¡¡Ay!! ¡¡Las ratas se le habían tragado el rostro y estaban devorando partes alimenticias de su cerebro!! ¡¡La habían matado hace ya varias horas!! ¡Por amor a Dios: que espantosa escena tuve que presenciar! No hubo un segundo después de eso en el que me dejara de preguntar cómo habían sucedido tales atrocidades, no me importó el hecho de que estuviera en una casa ajena, salí del tercer piso por la puerta interior de la habitación, que daba al segundo piso, vi demasiadas ratas haciendo las delicias de grandes y también de chicas con el pestífero caos de porquería que existía en la casa; las vi entrando y saliendo a borbotones de la cocina como si estuvieran saqueando violentamente el lugar; vi ratas por todas partes y bajé al primer piso para abrir la puerta principal y consolar a la desgraciada mujer. Abrí la puerta y en lugar de encontrarla llorando y sobrellevando tal impacto, ella me encontró a mí, me golpeó bruscamente el rostro y también se aferró arrebatadamente con sus manos a mi cabello entre insultos y maldiciones. Realmente me lastimó, me rasgó la cara con sus aguzadas uñas hasta el punto de hacerme verter sangre de las finas heridas que me generaba. Luego, al entrar y ver tantas ratas emprendió un desquiciado ataque contra ellas, las pateaba, las pisoteaba sádicamente contra el piso, y a unas las cogía y las estrellaba contra la pared. El llanto era tan desmesurado y violento que con sus gritos de agonía hizo que las ratas desalojaran el lugar y volvieran a sus madrigueras.
La madre de la hija de Elidòn estaba tan sumergida en el dolor que creyó ver en mí la figura de su descuidado y sucio ex esposo y empezó a injuriarme. La abrasé perdidamente compadecido, hice de su dolor el mío y no me preocupé por decirle quién era yo realmente; en ese momento eso no me preocupaba. Sentí tanta compasión por aquella mujer que lloré como ella por la horrible muerte de su hija y también le pedí una explicación a Dios, pero no por la muerte sino por cruzar al incorregible Elidón Trinidad en su camino.
Levítico 5:17
Fue gracias a un impulso de resignación cuando dejé que la mujer siguiera llorando y me dispuse a esclarecer los hechos. A diferencia de lo que había imaginado las ratas no habían entrado a la casa por el balcón entre saltos y malabares desde la planicie. Éstas se habían estado alimentado de los desperdicios que Elidón arrojaba hacia la planicie y motivadas por tales banquetes se infiltraron a la casa por el desagüe, como lo hacen todas las ratas en el mundo. Lo que provocó tan extraordinaria aglomeración fue la calidad de pocilga en la que estaba convertida la casa: un lugar muy acogedor para las roedoras. Al parecer nuestro desdichado hermano Elidón Trinidad había salido de la casa por un rato y había dejado dormida a su hija. Mientras se ausentó, las ratas entraron a la casa llegando hasta el tercer piso y encontraron allí, desgraciadamente, a la bebé. Es cierto que tuvo que pasar por lo menos una hora desde la ausencia de Elidón Trinidad para que las ratas tuvieran tiempo de llegar hasta el tercer piso.
Así las cosas Elidón no era culpable de nada: solamente de su inmundicia. Pero al llegar la policía enjuiciaron al padre de la niña por las condiciones en que la tenía. Dijeron que era su responsabilidad cuidarla y que debería pagar por tan gigantesco descuido. Yo presencié ese dictamen junto a la madre que aún no me reconocía y me trataba como al culpable. Cuando dijeron que tendrían que conducir al padre de la bebé directo a la estación de policía pensé en que precisamente por eso había visto a Elidón saliendo con tanto afán: no quería ser encerrado.
Les dije eso a los policías que llegaron a inspeccionar la casa, les hable de la cara enfermiza que llevaba cuando se dispersó, les dije a demás que probablemente había escapado de la ciudad pues el bus que tomó iba directo a la autopista del norte… ¡Sabe Dios qué tan enfurecidos estaban con la actitud de ese personaje! ¡Sólo Dios sabe cuánta repugnancia les produjo a los oficiales ese atroz accidente! ¡Porque lo involucraron conmigo! y ni prestaban atención a todo lo que yo les decía. De repente empezaron a acusarme y a manosearme con la intensión de subirme a la patrulla, en gran parte gracias a la confusión en la que estaba la desdichada mujer que nunca dejó de confundirme con su ex esposo y de incriminarme ante ellos. “¡Fue su culpa, fue su maldita culpa!” les decía y al mismo tiempo me señalaba.
Mientras me agarraban de los brazos para esposarme yo intentaba resistirme con fuerza y en medio de la agitación empecé a contarles cómo había conocido a Elidón Trinidad. Me tocó alzar la voz y hasta gritar porque no me querían escuchar. Estaba muy desconcertado y les grité todo en sus caras, salpicándoles saliva: desde el momento en que lo vi en la biblioteca leyendo la Santa biblia, hasta la invitación que me había hecho para que lo acompañara a recibir a su esposa “¡esa fue la primera vez que vi a esa mujer!” les decía y ella, ella lo negaba todo; dijo que esa vez yo había llegado solo como de costumbre a recibirla, que no había nadie más… Hubo un momento en que el desconcierto y la frustración me invadieron el alma por completo y no aguanté más, eso me impulsó a escupirle en la cara a la mujer y llamarla loca ¡¡Loca, usted está loca, looocaaa!! Le dije, lo recuerdo muy bien.
Mi comportamiento no fue tolerado por los oficiales y uno de ellos me inmovilizó con un golpe. Desperté luego en la estación y posteriormente me llevaron a la prisión distrital de la calle 51 con carrera 30 junto al estadio El Campín. Nadie me quiso escuchar. Unos me trataban como asesino, otros como demente, pero ninguno me quiso escuchar. ¡Ninguno!
Encerrado recibí varias visitas de vecinos a los que distinguía. Sé que esa mujer también los manipuló porque siempre que se sentaban frente a mi me decían “Hola Elidón”, “Cómo estás Elidón Trinidad”, “Que te pasó Elidón”. En una ocasión, cuando mi vecina más cercana, la que me hacía el favor de pagarme los recibos de los servicios públicos y a la que yo estimaba realmente, llegó a visitarme y dijo “Elidón, querido, ¿qué has hecho?” Dios mío, esa vez no soporté más el engaño, la insulté por dejarse manipular y le afirmé una bofetada.
No recuerdo nada más de ese momento pero creo que se dieron cuenta de mi inocencia porque me trasladaron a este extraño hospital, en el que me obligan a tomar medicamentos para la memoria, “a ver si se acuerda de su nombre, ¡malparido loco!” me dice el enfermero, que no es muy cortés. En este Hospital estoy ahora escribiendo esta sufrida confesión… Espero que la entreguen, a cualquier persona, no importa a quién, para que me pueda ayudar a salir de acá. El joven enfermero que viene en las mañanas a darme el aparente medicamento, que entre otras cosas me ayuda a dejar a un lado la agresividad, me ha dicho, entre risas y guiños, que podría salir de acá si viniera alguien que me conociera, alguien que supiera mi auténtico nombre “si es que de verdad no se llama Elidón”… No ha llegado nadie, y los que llegan simulan llamarme Elidón para poder visitarme y así burlarse de mí. Espero que alguien me reconozca o que pueda interceder a mi favor porque yo de tanto escuchar a todas horas y por todas las personas que me saludan el nombre de Elidón Trinidad he olvidado el mío.
He puesto un epígrafe en esta confesión para que sea cual sea el o los remitentes se den cuenta de que creo en Dios y confió en él.
Posdata: No hay ningún culpable, señores remitentes, ni siquiera las ratas lo son. ¡Por favor! ¡Por favor! necesito ayuda ¡yo no me llamo Elidón!

sábado, 18 de diciembre de 2010

El diario de Edipo (Residuos poéticos)


“El que no tenga padre debe procurarse uno”
Creo que lo dijo Nietzsche, pero en alemán.
No sé cómo empezar esta trágica payasada,
Sin embargo ya empecé mostrando mi evidente indecisión
Así esto ni siquiera sea un poema o una canción.
El ritmo que le imprimo a esta ridícula composición
Me hace sentir un imbécil carente de imaginación.
-¡Edipo!-
Leyendo ya lo que he escrito me he dado triste cuenta
¡No!, no es triste que esto parezca
Más que un poema una trova paisa,
más que una canción, las consecuencias de la extenuación
mental
-¡Edipo. Conteste que lo necesitan al teléfono! –
No he dicho nada y eso no está mal
Tampoco bien, ni más o menos, solo está.
Pienso en la otra estrofa que ya atrofiada está, por lo menos
En dejar hablar a mi inconsciente haber que dice… A ver:
Los gatos tienen cuatro patas
Egistenisa tiene dos, pero no son patas:
patas las del burro, mi hermana no es burro.
Maestro el burro.
.-Edipo, abra para pasarle el teléfono, o salga, lo necesitan urgente-
¡Y yo que no he metido nada!
Sólo tres goles y ni así se gana.
Mi mamá nunca me ve jugar pero no importa
Yo nunca la veo trabajar, me da pereza emocional.
Ni ganas de darle un beso en la frente me dan.
-Edipo, ¡responda!, esto es muy serio, ¡Salga!-
¿Dejamos hasta aquí?
Señora doña Ausencia
¿O quiere que por decencia
o por rimar con su nombre
Intente ponerle un fin?
Pongámosle fin, ¡si o pa´qué!
De cualquier modo y al parecer, solo usted lo va a leer:
La vida es vida, nada más
Que decir al respecto
Con esto explicar intento, que así escriba o no escriba
Lo mismo me va a dar;
-¡Entonces escuche: Llamó el Ayax Telamonio… que a su papá le pegaron dos tiros en la barriga!
así nunca se lea esta porquería,
cosa que así esté muerto sería
motivo de hipócrita alegría.
-Y que le mandó a decir, que si no lo alcanza a atender el Asclepiada y se muere…-
Así sea para después quemar este estúpido comentario
Cosa que se encuentra en el supuesto mío ideario…
Qué importa los arcaísmos..
¡Qué gran basura, ni rima. Tremenda hablada de nada!:
No supe que más decir por eso escribí estupideces
Y lo sigo haciendo.
- …Y que si se muere (Lagrimas salieron como parto doloroso de sus ojos), que cuide a su hermano, que era verdad que él lo amaba más a él que a usted, igual que su mamá, por eso no lo quiso bautizar
recién nacido, para no tener que darle el apellido;
que lo disculpe por ser tan honesto-
Habla Mi padre (El finado Atreo): ¡Qué vergüenza me da!
Actuando como imbécil escribiendo estupideces, ya queme esta carta…
Y límpiese esa barriga que la tiene llena de mocos.
Hablo Yo (No detesto a nadie): Papá, ya lo sé, no me regañe, no son mocos.
-¿Si escuchó Edipo? ¡Abra! -
¡Edipo Abra! ¿Edipo?


Canciarta de Presentación (Residuos poéticos)

Soy tataranieto de Agamenón por parte de la Iliada,
pero primo lejano por la Orestiada;
es decir, soy pariente de Homero y de Esquilo el Tergiversador.

Participé en la guerra de Atenas contra Esparta,
por allá en el cuatrocientos treinta, creo yo,
antes de que naciera el Nazareno mañoso y redentor.
(Los dos términos lo mismo son son sonata).

No quería que los Filósofos ganaran
y sometieran al más fuerte,
débilmente, al anunsiadísimo agresor.

Así que me leí la Poética de Aristóteles y condene
usted, si entiende, a muerte al antecesor,
asesor, iniciador pérfido y horrible
¡Perra laconia del espíritu opresor!

...Cuando tenía la edad de Nueve Años,
Nueve Años se me burló,
dijo que ya era viejo,
que empezaba a retornar
como Paul Eluard
como el Transmilenio, que no me le copiara.

Fui el corregidor de Baudelaire,
a demás de su instructor
y mientras hablábamos del tiempo con Verlaine
Conocí al tío Dorotov.

Tío Dorotovo Dostoievski
El primero que en el pecho
le clavó una daga, adiós Dios.

He trabajado humildemente
en Cien Años de Soledad,
creo que soporto otros Veinticinco.
Y ahora que me dedico,
con mucho ahínco cinco rinco,
a dejar de interpretar a inventar
puros conceptos, como el padre de Hjlamar
De Greiff.

¡Contemporáneos hasta el momento ninguno coherente!

Los planes del profeta mudo


“¡Ya está! ¡Helo aquí engendrado! ¡El infierno y la noche deben sacar esta monstruosa concepción a la luz del mundo!”Yago (hablándole al cielo)
He estado pensando casi por media hora la manera de matar a mi hermana, ella no sabe los planes que tengo para con su destino, pero así lo he decidido: la mataré, tarde o temprano, sólo tengo que encontrar la manera menos escandalosa, pero eso sí, la más espectacular…
En ocasiones me pongo a hablar con ella de cualquier cosa que le haya ocurrido y me parece tan aburrido, tan deprimente, que a veces creo que su existencia está desperdiciada; yo hubiera preferido, con esa vida que mi diosito le dio, devolverle la vida a la rata que mató Jesucristo en Caparnaúm; esa rata sí que sabía vivir: asustaba a todas las mujeres con las que se encontraba a su paso, a muchos hombres también, se tragaba hasta el contenido de los pañales para bebe y ni le importaba lo que la gente dijera o pensara de ella. Tenían que ver a esa rata; ella si hubiera sido una buena hermana, habríamos hecho muchas cosas fantásticas (…); algo que siempre quise hacer con una rata: estar abajo, en las alcantarillas, en la noche de los viernes, al asecho de cualquier queso o alimento podrido, o cualquier mujerzuela que se espantara con mi presencia… en fin, prefiero vivir con una rata que con mi hermana, por eso he decidido acabar con sus días.
Con su muerte no me beneficiaría sólo yo, creo que al tiempo le haría un favor a su novio, pues a veces la he escuchado hablar con él en el cuarto, y parece como si también la quisiera matar porque la encierra y después sólo escucho gritos. Una vez entré a su cuarto para ver cómo le pegaban y así disfrutar de lo lindo viendo a mi hermana chillando como una magdalena y sufriendo, como cuando mamá la cogía a punta de cachetadas en la casa de Asterión Monsalve, -ah! que casa esa, a veces creo que no sentiría antropogula en damasía si no fuera porque ya no vivo allá- y cuando abrí la puerta el novio la estaba espichando y parecía que la quería ahogar por que le tapaba la boca y la nariz con esa jetotota que se manda, y para que no se le escapara el aire por ningún lado le ponía el dedo en el hoyo de los orines. Esa táctica me pareció muy agresiva, pero no me creí capas de aplicarla porque me produce mucho asco ver a mi hermana sudando y mucho más tener que tocar su cuerpo ¡Wacala! Así que seguí buscando maneras de hacerlo.
En otra ocasión hablaba con un amigo de la escuela, que decía que era satánico y que mataba gatos y animales recién nacidos, le pregunté por el método que seguía, me dijo que sólo tenía que golpearlos en el cuello bien duro con el machete del papá y que con eso bastaba para que dejaran de aullar, pues se les caía la cabeza ¡de una!; también me dijo que un día quiso, con ese método, matar a un conejo ya viejo, pero que las cosas no habían salido muy bien porque no se le había caído la cabeza del todo, sino que había quedado pegada al cuerpo por el huesito que tiene el cuello, que en el golpe no pudo ser trozado por completo, y por la piel que no había podido cortar del machetazo. Me dijo como feliz -o no sé bien, pero se escuchaba su voz un poco extraña, como excitada por contar la historia-, que el conejo había chillado muy feo –“como un marrano cuando lo van a matar para hacer la comida de navidad” dijo, teniendo la cabeza como la tenía, y que había durado así como diez segundos. -¡Estupendo! me dije en voz baja pero clara, y lo dije tan claro que mi amigo me alcanzó a escuchar; me preguntó porque me alegraba, así que le conté lo que estaba planeando y también se sorprendió y dijo “¡Estupendo!”. Él necesitaba matar a una mujer para convertirse en aliado del diablo, eso me dijo que había visto en una película de esas que ve el hermano sobre el diablo; y por mi lado había quedado fascinado con el método que él aplicaba a los gatos y creí que ese era el adecuado para mi propósito, y más aún si resultaba tan afortunado como el caso del conejo viejo, a demás yo no tengo machete ni mi papá, porque tampoco tengo papá y él me lo podía facilitar si lo dejaba acompañarme -“pero como Rodrigo a Yago” le dije muy serio -guarda el machete en tu bolsa- no entendió mi última expresión a causa de su ignorancia y accedió a ir bajo tal condición. Nos dispusimos ese día, a ir tras mi hermana, que siempre está sola en la casa por la tarde, bueno, con migo, pero es lo mismo, yo no voy a revelar a nadie mis planes. Sólo a ustedes mis pequeños pupilos:
Fuimos primero a la casa de mi amigo a recoger el machete de don Eusebio y luego, después de buscarlo y encontrarlo en el lote donde tenían un rancho de gallinas y patos, salimos a la calle, camino a mi casa -guarda en tu bolsa el machete-.
Aunque sólo teníamos un machete ya sabíamos cómo utilizarlo, mi amigo era experto, sólo me asaltaba una preocupación y era la manera de entrar a casa con mi amigo y el machete sin que mi hermana se diera cuenta… ... Faltando tres cuadras para llegar a la casa le dije a mi amigo que me esperara, que no caminara tan rápido porque me iba adelantar para que mi hermana no me viera acompañado, ni con armas, y así ser yo el encargado de recibirlos. Sabía que mientras yo estuviera en la casa, sería el delegado a abrir la puerta y contestar el teléfono, así que mi preocupación se había diluido. Pensando esto llegué a casa, timbré y mi hermana abrió la puerta, la saludé, pero ella tenía prisa por regresar a la alcoba -estaba viendo una novela de esas que dan en los canales colombianos pero que son con gente mexicana- de tal modo que abrió y salió, sin saludarme siquiera, corriendo para el cuarto como si supiera lo que quería hacerle, pero yo no hice nada, ni me inmuté, entré, cerré la puerta y me dispuse a esperar. Esperé y luego, timbraron, mi hermana gritó como siempre “¡Abraaaaa!” y ¿Cómo no hacerlo esta vez? era mi amigo con mi amigo machete.
"Le abrí, lo hice seguir y lo entré, sin hacer ruido ni nada a mi cuarto, cuando cerré la puerta la misma voz que me pidió abrir me preguntó: “¿Quién eraaaa?”, no respondí, no dije ni mú, ni esta boca es mía ni nada. Me encerré en el cuarto con mi amigo. Empezamos a imaginar y poner en palabras la forma en que íbamos a proceder. Él, por ser el experto, quedó encargado de dar el golpe, y yo de sujetar a mi hermana, que aunque mayor que yo en edad, menor en estatura y fuerza… -Razón por la que, creo, siempre me causaba mucha rabia, pero mucha, el no poder descargar un golpe contra su cara por encontrarme en presencia de mi madre!-.
Despues de vislumbrar el plan más sofisticado y el de mayor puntaje en toda la educativa historia de los Asesinatos Calficicados, mi amigo empezó a hablar de que quería disfrazarse, para asustar más y todo eso, para creerse el cuento de que era un demonio; a mí me pareció hasta simpática la idea, hacía de un crimen una obra de arte, no iba a ser tan estricto ni tan serio mi plan, nuestra obra merecía un desenvolvimiento menos convencional. Accedí. Él se puso una máscara que encontró en mi baúl de halloween, ésta era la imitación de la cara de Fredy C. con espuma en la boca, en ese momento creí que sería mejor una de un monstruo o algo así pero no había más, ni modo. Yo me fui normal no quería ser el poseído esa tarde. Salimos del cuarto y mi hermana, aparentemente, estaba viendo televisión, -“¡Gracias al cielo! Está dormida", le dije a mi amigo, y sin hacer ruido, sin que se notara nuestra presencia entramos al cuarto de mi mamá donde estaba mi hermana durmiendo como una pata hinchada. Le quité la "cobijita del arrunchis", con la que mi mamá y ella se arropan cuando ven novelas, la cogí de las piernas e intenté hacer que la cabeza resbalara un poco y le quedara apoyada en el colchón y no en la almohada para que mi amigo pudiera actuar. Aunque hice esto con mucha calma y precisión y silencio y cautela, no pude evitar que en el momento en que mi amigo quería lanzar el golpe, ella se despertara y lo viera de esa manera. Obviamente se asustó por verlo con esa máscara y con el machete y gritó muy feo, no me gustó esa manera de asustarse -nada me gustaba en mi hermana y menos esa manera de asustarse, ahora lo sabía-, así que en cuestión de milésimas de segundo y después de darme cuenta que mi amigo no podía hacer nada para controlarla, me arrojé contra ella y le apunté un recto fallido que no llegó, sino a su pecho. Por tal acción se sintió amenazada, no le importó que yo fuera su hermano, ni me pidió una explicación y ni siquiera me dio tiempo para pedirle disculpas por lo ocurrido, sino que al acto, intentó bajarse de la cama empujándome contra el armario, yo entendí -así sea malo para la física-, que si le jalaba el pelo y la golpeaba fuerte con mi mano en la cara, ella iba a caer sobre el tapete. No lo pensé dos veces, sólo una, y después actué, le jalé el pelo muy fuerte, como si quisiera que se devolviera a la cama, y cuando su cabeza estaba boca arriba, mientras su cuerpo se inclinaba hacia atrás, le golpeé la cara con mi puño firme y cerrado, y efectivamente cayó al suelo… Aunque siempre lleva tiempo contar ese hecho, realmente ocurrió muy rápido, no pasaron más de cinco segundos desde el momento en que mi hermana había despertado y el momento en que la había controlado golpeándole el rostro.
Ya estaba todo como lo planeado dictaba, mi hermana sin ninguna objeción física a nuestra idea y mi amigo con el machete en la mano dispuesto a encestar el golpe final. No obstante y aunque nadie quiera creer en mi manera de amar, me preocupó el cuerpo y su carácter estético, así que cogiéndola de la nariz procuré que su cabeza quedara bien hacia arriba, mostrando más su cuello, para que así, uno nunca sabe, el machetazo no le pegara en la quijada y le aruinara el rostro. Le dije a mi amigo en idioma extranjero que ya era hora -¡Caput!- actuó como quería hacerlo, con fuerza y decisión; era más la decisión que la fuerza, pero actuó y de qué forma. -¡¿Lo hicimos?¡- le pregunté animadísimo después del golpe, como para no dejar duda alguna de la complicidad de tan magno crimen, pero la respuesta fue: ¡Lo encontré, estaba en el rancho de las gallinas, lo tengo!, no entendí esa respuesta, estaba esperando el “¡sí hermano, lo hicimos, hemos dado cumplimiento a nuestra idea con gran éxito!”, pero no, ¡la respuesta fue otra! Queriendo entenderla me agarré la cabeza, cerré los ojos para plasmarla en imágines: “¡Lo encontré, estaba en el rancho de las gallinas, lo tengo!..” y al abrirlos, mi amigo tenía el machete y estaba frente a mí: ¡nos encontrábamos aún en su casa, en su lote, no habíamos salido jamás! -¡Azaroso devenir!- Me sorprendió tal engaño de la consciencia, pero creí que era una visión del futuro, pues me había revelado el desenlace de mi fastuosa maquinación, actué como siguiendo un guión, me alegré por el rápido hallazgo del machete y nos dispusimos a partir. Cuando salíamos, doña Eumenestra, la mamá de mi amigo, nos vio y no le dejó salir a la calle con el machete ¡y ni siquiera sin él!, ¡Estaba castigado! La revelación del futuro no había sido tal. ¡Vana ilusión degenerada, hermana gemela de la realidad!
Ese día había quedado desilusionado, es decir, con el recuerdo de la ilusión como ilusión, pues ya había tomado la decisión y tenía el plan perfecto, pero no se pudo llevar a cabo por el trato infantil que le dieron a mi amigo el satanista.
Luego me toco venirme para la casa, sin machete y con la intensión de olvidar esa expresión infame del organismo humano-materno. Cuando llegué timbré y mi hermana abrió la puerta, la saludé, pero ella tenía prisa por regresar a la alcoba -estaba viendo una novela de esas que dan en los canales colombianos pero que son con gente mexicana- de tal modo que abrió y salió, sin saludarme siquiera, corriendo para el cuarto como si supiera lo que quería hacerle, pero yo no hice nada, ni me inmuté, entré, cerré la puerta y me vine para el cuarto. Ahora estoy acá, escuchando a Beethoven y llevo ya más de media hora pensando en como matar a mi hermana. ¡Guarda en tu bolsa el machete!